FUCO

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Había recorrido la sala sin prestar mayor atención, imitando al resto de la clase. Hasta que de pronto me vi sorprendida por aquella fotografía. Un viejo vestido de negro, con un hacha bajo el brazo, me miraba fijamente. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Mi primer impulso fue echar a correr. Pero una extraña fuerza me obligó a permanecer allí, inmóvil, durante una eternidad. “Igual que entonces”, pensé.

__ Parece que has visto a un fantasma__Me dijo un compañero.__¿Acaso conoces al ” Tío Farruco”?__me preguntó leyendo el título de la fotografía.

Me hizo gracia el nombre. Posiblemente el autor no se había molestado en preguntárselo. ¿Para qué? Representaba a un arquetipo. ¡Que más deba el nombre!

__ ¿Lo conoces?__Insistió mi compañero ante mi silencio.

¡Cómo no lo iba a conocer! Aquel viejo fue el monstruo de mis pesadillas infantiles. Tenía una pinta verdaderamente siniestra. Siempre vestido de negro, siempre con su inseparable hacha, que ni siquiera me atrevía a mirar, porque si lo hacía, los destellos de su filo me amenazaban brutalmente.
Cada vez que tenía la mala suerte de tropezar con él, echaba a correr como alma que lleva el diablo, sin mirar atrás, imaginando que él me perseguía blandiendo su hacha… Pero nunca lo hacía… Seguía su camino tranquilamente, con su paso renqueante, como si tuviera todo el tiempo del mundo para llegar a ninguna parte.

Aquel miedo, se convertía en verdadero pánico cuando llegaban las largas noches de invierno. La lluvia y el viento que se colaban por las viejas tejas de nuestra vieja casa, me traían los lamentos y los aullidos del viejo, que me hacían estremecer. Sentado en el umbral de su casa, con las piernas estiradas, encostradas de pus, el viejo apoyaba la espalda contra la puerta y la golpeaba fuertemente contra la pared, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, mecánicamente.. Los golpes y los quejidos viajaban por el aire y llegaban a mis oídos como presagios de dolor y muerte.

Yo tenía mucho miedo. Sobretodo cuando en mitad de la noche, mi madre se levantaba para ir a su casa. Una casa oscura y húmeda como una tumba, aunque yo nunca había entrado en ella. Mi madre le encendía el fuego, lo abrigaba y le hacia beber algo caliente. Luego se iba. Y durante el resto de la noche ya no se volvían a oír sus alaridos. Yo pensaba que mi madre era la mujer más valiente del mundo al entrar sola en la guarida de aquel monstruo que nunca se separaba de su hacha.

Ocurrió durante una de esas noches. La entrada de la casa del viejo se llenó de coches y de gente extraña. Se oían gritos y maldiciones por todas partes. Escondida entre las piernas de mi madre, me esforzaba por ver algo sin ser vista. Pero los cuerpos de los mayores me lo impedían. Tan sólo conseguía oír los gritos y las maldiciones. De repente todo se volvió caótico, y de la casa sacaron en brazos a una persona que sangraba a chorros por una pierna. Nunca más intentaron llevarse al viejo por la fuerza. Y nunca más volví a verlo. Sin embargo, cada vez que volvía el rugido del viento, volvían con él los aullidos del viejo, y las noches de insomnio.

__ Es Fuco __ Le dije a mi compañero mientras me alejaba.

Y me pregunté si durante esas largas y frías noches de invierno el resto de la gente del pueblo estaría dormida de verdad, o sólo lo fingían, como yo. Escondida entre las mantas, con los ojos fuertemente cerrados, me tapaba los oídos con la manos para no oír nada. Pero todo era inútil, porque los aullidos ya se habían instalado en mi mente para siempre. Y aún hoy, después de tantos años, cuando ruge el viento por las noches, puedo oír con claridad los aullidos de aquel viejo solitario cuya única compañía era la de su hacha. Pero ya no siento miedo. Sólo siento lástima. No por él. Por nosotros. Por los que aún seguimos aullando, en silencio.

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