LA TORMENTA

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Un enorme resplandor iluminó completamente aquel cielo negro y todos quedaron sobrecogidos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco…
__ Este ha caído cerca__ dijo alguien para romper el silencio.
__ Sí, yo diría que demasiado cerca. ¿No sería mejor que nos fuéramos?

La pregunta quedó en el aire y la única respuesta que obtuvo fue la de un fuerte trueno que hizo retumbar las paredes de la pequeña cabaña. La cosa se estaba poniendo muy fea, y la verdad es que a todos se les pasó por la cabeza la idea de salir de allí volando, pero había que hacerse el fuerte ante los demás, para miedicas ya llegaba uno.
__ ¿Qué os parece si nos vamos?__ Volvió a insistir el miedicas.
__ Ni hablar. Pero si acabamos de llegar, cómo pretendes que nos marchemos ya. Es una locura.
__ La locura es quedarse aquí con la que está cayendo.
__ No digas bobadas, aquí no corremos ningún peligro.
__ ¿y tú cómo lo sabes, acaso eres una experta en la materia?
__ No hace falta ser una experta. Además, ¿cuántas probabilidades hay de que te caiga un rayo encima?

La pregunta quedó de nuevo en el aire, y el cielo se volvió a iluminar. Uno, dos, tres, cuatro… Un rugido ensordecedor penetró en sus oídos. La tormenta se estaba acercando peligrosamente, pero ninguno quería reconocerlo, tan sólo el miedicas. A él no le importaba manifestar su preocupación y su miedo.
__ Es mejor que nos vayamos. ¿Por qué no nos vamos?
__ ¿Y por qué no te callas de una vez?. Eres más pesado que el plomo. ¿No te da vergüenza ser tan miedicas?. Además, nos estás poniendo a todos nerviosos.
__ Prefiero ser un miedicas vivo y no un valiente muerto.
__ ¡Qué exagerado eres! No ves que se trata sólo de una tormenta de verano y que…__ Un afilado rayo cruzó el cielo y la hizo enmudecer. Uno, dos, tres… Se oyó de nuevo el rugido amenazador de la Bestia.
__ ¡Conque exagerado eh! No sé vosotros, pero yo me voy__ El miedicas tomó sus cosas y se disponía a salir de la cabaña cuando otro relámpago lo paralizó de miedo. Su luz era cegadora. Por un instante creyó ver dibujado en los rostros de sus amigos el espectro de la muerte. Uno, dos… Tras el estruendo, no lo dudó ni un segundo más. Abrió la puerta y se fue. Caminó rápidamente hacia su coche situado cerca del bosque y montó.
__ ¡Por fin a salvo!__ se dijo. Pero mientras se colocaba el cinturón de seguridad, una antorcha gigante lo aplastaba totalmente. Un rayo había caído sobre uno de los árboles. Esta vez no le había dado tiempo a contar.

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