LA ESPERA

wpid-img_20150715_201649.jpg La calle mojada huele a pescado y a verduras recién cortadas. Una brisa húmeda pero bochornosa envuelve la mañana. Es el principio de un nuevo día. No es un día distinto a los otros, aunque en ella vive aletargado ese deseo,esperando que suceda algo nuevo. Algo que la despierte.
Camina pesadamente, a pesar de que el verano ha quedado atrás, reciente, caluroso, pero aún se palpita en el ambiente, en la forma de vestir de la gente y en las numerosas terrazas que salpican toda la ciudad. La presencia del otoño se deja notar poco a poco, sin apenas percibirlo a no ser por continuas bandadas de pájaros que buscando lugares más calurosos, emigran como cada año formando pequeñas manchas negras en el cielo. “Allí va otra… ¡Quién pudiera ser como un pájaro!… Cruzar en un suspiro la ciudad y observar desde arriba el negro rastro que van dejando las hormigas humanas…”
Ha llegado ya a la calle de Entre plazuelas, después de haber recorrido torpemente la Travesía de Universidad, y tuerce a la izquierda para dirigirse a la Facultad. Aunque el trayecto es corto, hoy se le hace eterno y muy pesado. Enormemente pesado.
Una pequeña plaza sirve de antesala al edificio que aunque antiguo, se conserva en muy buen estado. La placita está adornada con cuatro árboles cuyas hojas secas alfombran el pavimento y los bancos de piedra en los que a menudo descansan los estudiantes. Hoy, la plaza se completa con la figura de un chico durmiendo sobre  el suelo, con una guitarra a modo de almohada y una fina manta como único abrigo. Permanece un rato esperando y observando, no observa al chico, sino la escena en su conjunto. Como no sucede nada, se dirige lentamente hacia la puerta principal. Parece como si llevara plomo en los pies. Sube aún más lentamente las escaleras que llevan al último piso en donde tiene la primera clase. Como de costumbre, ha llegado temprano, por lo que las aulas están vacías y sosegadamente silenciosas. Se sienta en medio de la clase. ¡Está tan cansada!. Su mirada se ha clavado en el negro profundo del encerado. Parece ausente. Sólo se oye su respiración. El silencio la envuelve por completo y la amodorra. De repente, una ventana se abre con la fuerza de una ráfaga de viento. Un viento frío que la despierta. Un viento frío como presagio de muerte que la sobrecoge. Se levanta ligera y corre hacia la ventana con la intención de cerrarla, pero no lo hace. Se queda allí, de pie, mirando al vacío, extrañamente atraída por él, hasta que una mancha negra en el cielo le hace alzar la mirada. “Allí va otra… ¡Quién pudiera ser como un pájaro”…
Un golpe seco contra la ventana la devuelve a la realidad y la obliga a mirar otra vez
hacia abajo. Un diminuto punto negro, semejante a un rastro de hormigas, yace en el suelo, inmóvil. Sus alas ya no tienen vida. Luego, muy lentamente, cierra la ventana, se acomoda de nuevo en su butaca, y espera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s